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Unos tipos viven en un apartamento norteamericano. Se dedican a jugar a videojuegos, ser sarcásticos los unos con los otros y darle importancia a cosas como los quarks o el monstruo final del Halo 3. Es decir, ahogan sus miserables vidas en artificios construidos para el propósito de evadirles de una realidad difícil de soportar: son un grupo de jóvenes con un doctorado en física, con un alto coeficiente intelectual, multitud de intereses pero con una incapacidad suprema para integrarse, siquiera parcialmente, en una sociedad que requiere algo más que un título y formulitas para aspirar siquiera a una bocanada de felicidad. De no ser por Nintendo y Stephen Hawkings y porque, digámoslo de una vez, este tipo de individuos son altamente rentables para según qué empresas, la troupe, enterita, ya habría sido embadurnada con brea y plumas y perseguida hasta los límites del condado por señores con antorchas. Son geeks y yo odio a los geeks y utilizo una herramienta creada por los ídem para ponerlos a caldo. Cría cuervos.
El caso es que esto de las series norteamericanas es un asco. Es más asco ahora porque antes te ponían la serie en la TV, la veías, era una mierda y te reías, porque era una mierda. Ahora te ponen la serie, te tragas las peroratas de los agentes de márketin disfrazados de columnistas y escritores hablando de que la serie es el no va más de la nueva narrativa televisiva, la ves, te aburres, la ves, te aburres, lees twitter, a todo el mundo le gusta, tú no le ves las vueltas, vas al periódico, que si nuevo formato, que si la nueva novela, que si el cine está en la tele, que si mi puta madre parte nueces con el culo. Y vuelves a la serie y la serie sigue siendo eso: raquítica, rancia, con los mismos prejuicios que todas las demás, solo que con un envoltorio creado por lameruzos que en sus ratos libres se leyeron un poquito de Barthes, un poquito de Bajitin y lo mezclaron todo, para hacer un calimocho intelectual que te jode la serie y a Barthes.
Porque sí, The Big Bang Theory, es lo mismo de siempre. Mismos estereotipos. Mismos chistes racistas. Misma dinámica. El grupo de genios este ve su actividad y su idiosincrasia interrumpida por la aparición en el vecindario de una nueva vecina. Penny, una chica de pueblo, que trabaja de camarera, naif hasta la naúsea que tiene la costumbre de ir en shorts y con generosos escotes a todos lados, provocando palpitaciones y taquicardias ente nuestros frikis favoritos. No entiende nada de física, se acuesta con garrulos y lobotomiza a base de tetas e ignorancia a nuestros doctores en física. Ni un asomo de personalidad que no venga definido por su potencial sexual.
No acaba aquí la cosa. Hay un negro tonto. Sí, el típico negro que hace bromas sobre el hecho de ser negro: como el príncipe de BelAir, que cantaba aquello de “mama, qué será lo que quiere el negro”. Lo que pasa es que poner a negros haciendo de negros es considerado racista. Los latinos, ay, ay. Que es que son muchos. Pongamos a un indio. Y que haga chistes sobre el hambre en la India.
Hay otra cosa que preocupa. Según The Big Bang Theory, todas las mujeres son narcisistas perversas. No hay ni uno solo de los personajes femeninos que han aparecido hasta la fecha que no cumpla a rajatabla los estereotipos que harían revolverse en su tumba a Mary Wollstonecraft. Penny, la pizpireta y sexy vecina, no tiene ningún complejo en definir a su promiscua amiga como “una zorra que se ha tirado a medio pueblo”. La compañera de trabajo de uno de los protagonistas es una fría intelectual para la cual el sexo es mera economía de los placeres y que no tiene ningún prejuicio en tirarse al protagonista para la satisfacción de su líbido y luego darle largas sobre lo incómodos que son los sentimientos en esto del sexo. La madre de Seldon es una extravagante extremista religiosa para la cual el resto de mujeres son una amenaza a la integridad emocional de su hijo, pero que sugiere que tirarse al jefe de su hijo es legítimo si esto le va a devolver el trabajo del que le han despedido. Todo esto en la primera temporada.
Aún así, la serie tiene un fondo más tenebroso. No retrata a una sociedad haciendo para ello uso de la ficción. Retrata, con sus cuotas de share imperturbables, a un tipo de espectador que devora, sistemáticamente, este tipo de producto. Sería gracioso descubrir que todo se trata de una broma sociológica y no de una mercancía de alto consumo. Pero no. Millones de nerds la vitorean y la necesitan. Se escriben farragosos artículos sobre la nueva narrativa de la televisión. Los protas salen en revistas para hombres y mujeres. Todo va mal. La teoría del Big Bang tiene su reverso: una implosión donde todo quedaría reducido a la partícula original: el Big Crunch. No veo final más romántico para todo esto. Avisados estamos.
Un tipo es el primer ministro de Gran Bretaña. Un día, mientras duerme con su bella esposa, le despiertan sus asesores y lo llevan a una sala donde le ponen un vídeo que alguien ha colgado en YouTube. La princesa del reino ha sido secuestrada. El primer ministro dice, ah vale, bueno, poned a los servicios secretos a que la busquen, preparad el rescate y demás y borrad el vídeo de YouTube.
Pero lo asesores dicen, no no, que verás lo que pide.
Bien, la petición de los secuestradores es muy clara: el primer ministro tiene que follarse a un cerdo en directo si quieren ver a la princesa con vida. El vídeo ya se ha hecho viral y toda internet está al tanto de la petición. Fucking internet! dice el primer ministro británico.
Así que los cuarenta y cinco minutos del mediometraje siguen punto por punto el plot de un thriller al uso, solo que con un elemento novedoso: las redes sociales y los media que se conjuran (esto es: también los tuiteros) para que una cuestión de Estado (el secuestro de un miembro de la Casa Real) se convierta en un hashtag, en una encuesta, en una cuestión de democracia virtual. Y es aquí donde Brooker le da el toque perverso. Que se asume muy rápido que la red nos ha hecho estándares de la ética y de la libertad y luego resulta que las redes no imploran que se libere a la princesa, sino que el presidente de la nación se folle a un cerdo en directo.
Hablando de presidentes y de princesas. No sé cómo se trasladaría esta historia a un contexto español. Supongo que para ponerla en vereda, en primer lugar, los españoles deberían librarse del secuestro al que se halla sometido su país por la Casa Real y la clase política. Porque supongo que si alguien raptara a Urdangarín o a Letizia los secuestradores pronto se darían cuenta de que son ellos, terroristas o mafiosos, los verdaderos secuestrados.
Una vez eso, habría que elegir qué miembro de la Casa Real tiene el carisma y el respeto suficiente en nuestro reino como para que follarse un cerdo en directo merezca la pena. Sí, suena muy fuerte, y por menos los del Jueves casi acaban en la cárcel, pero ¿a quién?
Y después hay que elegir al candidato a actor porno. Porque los últimos presidentes y políticos que ha tenido nuestro bello país ya han propiciado un espectáculo tan grosero que verles hacer el amor a un cochino sería casi una exquisitez.
Qué pocas opciones, ay, para el país del jamón y el lomo.
Una tipa es viuda. Pero antes de que podamos tomar distancia con el personaje para comprenderlo mejor, Mike Leigh nos lo da masticadito, para que de manera inmediata simpaticemos con ella y no tengamos un solo respiro: es viuda de un soldado inglés que murió durante la II Guerra Mundial, es decir, es la viuda de un patriota, de un hombre guapo, bueno, apuesto y por tanto inglés, y que era capaz de empuñar un arma para darle matarile a un otro (un otro malo, alemán o japo, se entiende). La mujer, además de viuda, tiene una hija, fruto de su amor con el soldado y convive con su hermano. Es imposible pensar nada malo de esa mujer, ni por qué nadie querría hacerla sufrir más.
Bajo estas condiciones uno no ve teatro: uno lee un catecismo, un manual de buenas maneras del espectador de teatro y asiste a la tortura en directo del personaje: dos largas y aburridas horas de previsibles desgracias de posguerra que pretenden minar a la viudita y que, contrariamente a lo humanamente sobrellevable, no provocan ninguna reacción, ningún cambio en ella. Llora quedamente, tolera las rabietas de la niña, perdona a las chismosas, etcétera. Es una santa, como diría mi abuela. Y en tanto que santa aburría a los mortales espectadores, que se debatían entre el bostezo o el sadismo de saber qué nueva desgracia le ocurriría.
Rompe el pacto teatral Mike Leigh y miente, miente mucho y muy bien: con vista a agradar a un espectador que paga desacomplejado su butaca de 32 libras, le pone en escena un personaje al que tiene que amar: es que es una víctima, mirad. ¿Quién va a decir nada de una viuda de un soldado, con una hija rebelde y contestona, un hermano afásico y un grupo de amigas neuróticas? Nadie, porque el personaje no existe: es pura ideología. Aquí ya no se habla de abrir nuevas preguntas (y una guerra las produce) sino de la rentabilización del dolor, una industria muy cercana a la creación del mismo y a la producción de banderitas, desfiles y ataúdes. Y también en el teatro. Eso da miedo.
Un tipo se siente solo, así que contrata los servicios de una puti. Lo que pasa es que la puti no es puti de verdad, sino que es una estudiante que trata de hacer algún dinerillo para pagarse la carrera. Así que quedan y proceden al intercambio sexual. Como los dos son más bien ingenuos pues al final se quedan embarazados, en concreto ELLA se queda embarazada y él se queda prendado de ella. Y aquí es donde empieza toda la movida de la obra porque claro, ellos estaban ahí por y para lo que estaban, y ahora tienen que enamorarse. ¡Qué lío, Faustino!
No se habla aquí del cuento de La Cenicienta reconvertido para estómagos delicados, aberración llamada “Pretty Woman” que promovía un cruel doble significado: si uno empatizaba con los personajes, ¿eran entonces todas las mujeres putas y todos los hombres surtidores de dinero esperando a que La Chispa del Amor (tm) surgía de la magia del guión y los convirtiera en una aburrida y convencional pareja pequeño-burguesa con ese terrible monstruo en el armario? (Lo más interesante de Pretty Woman es precisamente lo que no pasaba en la peli: cuando se casen, tengan una hija, la hija crezca y le pregunte: mamá, papá, ¿cómo os conocisteis? Pues mira, tu madre era una puta y yo un putero. Eso sí que es una película.)
Y los personajes, dos, de Stitching (algo así como: “coser”), lo intentan, se tratan de coser el uno al otro, a través del crío por nacer o de las virutas de romanticismo que hubiese en sus encuentros eróticos, y no lo consiguen: se destruyen cuanto más se acercan uno al otro. Hay tanto amor en regalarle un ramo de flores a tu puta favorita como en raparte el chichi y luego cosértelo como prueba de sumisión, de derrota, en que al personaje se le ponga dura viendo a mujeres caminando desnudas por el barro de Auschwitz, en que quieras que tu chica se vista como una colegiala porque en realidad te ponen las colegialas.
Por supuesto la obra mereció el mejor premio: prohibida en países como Malta le dió la razón a Neilson y, quitando allá esos lapsus donde asegura que las tías se pintan los labios para que se parezcan a sus otros labios sobrevive o más bien late una historia universal, bastante más clásica de lo que parece, bueno, Romeo y Julieta, a lo hardcore.
Una joyita escocesa.
Una tipa se quiere suicidar, y no tiene otra cosa que ir y decírselo a su madre, justo dos horas antes de saltarse la tapa de los sesos. Claro, uno podría pensar que vaya suicida de pacotilla, pero por otra parte si no introduce algún objetivo en la obra, como que el espectador sepa que una tipa se quiere pegar un tiro y lo anuncie, pues sería un poco absurdo: es decir, que ya puestos a ver dos horas de teatro mejor saber que la tipa se va a suicidar que no saber nada, estar dos horas haciendo el paripé en el teatro, que los personajes hagan una vida normal y luego uno se mate. No es apropiado, salvo que te llames Haneke o Pinter.
Total, que la tipa le dice a la madre que le ha preparado unas notas sobre lo que debe hacer cuando se mate, que si la basura la recogen los viernes, que si Juan viene a pintar el porche el sábado, etcétera. Y la madre: que sí, que sí, que te vas a suicidar, hasta que, hostia puta, se da cuenta de que se va a matar, de que va en serio y que no va a poder hacer nada por evitarlo.
Empieza entonces un recuento más o menos escrupuloso de lo que han sido las vidas de estas dos mujeres, y entre detalles sin importancia destaca el más duro: el que ambas mujeres han estado en silencio la mayor parte de sus vidas, y por primera vez lo han roto. Lo contaba uno de los personajes de “Los bosques de Upsala” de Álvaro Colomer: que a un suicida no se le puede dejar en silencio, porque se pone a hablar consigo mismo, con las paredes, con la muerte y es un conversación erótica, agradable y empieza a fantasear con el amor por la muerte y demás.
En este caso uno de los personajes ya ha hablado suficiente con la muerte y ha llegado un trato. Lo que pasa es que el otro personaje no, aunque por edad hubiera sido lo más lógico: y, claro, no lo entiende. Es lo que pasa con la muerte: hables o calles, está ahí.
Y así transcurre la cosa, en lo tarde que se llega a todo, en la mucha miseria que crea el silencio (y los fantasmas que habitan toda la obra, idénticos a los fantasmas que habitan las vidas de tantas casas, de tantos dormitorios siniestros donde se va condensando la muerte en los cristales, en las cortinas, en los muebles). Y al final, (que da igual lo que pase, como decía más arriba), la única que gana siempre es la muerte. Pero, ah, los hombres, tan preocupados en creer que no, que es otra cosa: un malestar, un par de noches sin dormir, una depresión.
Terminó la obra y el público fue secuestrado durante cinco minutos por la representante de una organización benéfica que se dedicaba a mendigar limosna para ayudar a enfermos mentales, acto seguido se personó una ex-presidiaria nos contó lo muy jodida que había estado con el alcohol en la cárcel y luego nos pidió que donásemos algo de dinero a la organización de la caridad, no sé, la cosa era tan bizarra y tan nauseabunda (que un director de teatro, unos actores, un teatro se hubieran puesto de acuerdo para semejante bajeza pedigüeña y que se lo suelten a los espectadores al final de la obra, y no antes, que dé la impresión de que has sido engañado para ello), que me imaginé abriéndome las tripas en un accidente de tráfico en mitad de Londres y a un tipo pidiendo para la investigación del cáncer de colon allí donde mi cadaver había quedado borboteando vísceras y sangre. Y de todas maneras, ¿qué coño tenía que ver? El personaje suicida no tiene ningún problema mental: ¿de qué va esto?
¿Qué otra le quedaría al viandante, si no, que abrir la cartera y sacudirla en el bote con el logotipo de la organización, ante el sórdido espectáculo y, sobre todo, la pesada conciencia vigilada por tantos otros donantes? Pues sí, doné, doné. Ir al teatro se ha convertido en visitar una pesadilla.
Unos tipos están en un apartamento, el día 12 de septiembre de 2001. Él, marido con hijas. Ella, jefa importante, amante del primero. Osea que la historia es ésta: el subordinado se tira a la jefa y cuando dos aviones revientan las torres gemelas (o una masiva conspiración del gobierno de los Estados Unidos, los contratistas de armas y las petroleras ataca al centro financiero de su país con la siniestra intención de invadir un país con pozos petrolíferos para así asegurarse el suministro de combustible y el palio de una crisis provocada por su propia avaricia… O algo así) el subordinado dice: “hostia, tía, mientras comía este queso azul y veía como la civilización occidental se derrumbaba al runrún de los cimientos de esas dos torres, se me ha ocurrido que por qué no hago como que yo he muerto mientras fichaba y nos largamos por ahí: me convierten en un héroe, me ahorro el divorcio de mi mujer y el soponcio de mis hijas odiándome y montamos una granja en el medio-oeste. Tú te puedes llamar Jill o Jane, y yo Thomas. Tendremos vacas, cerdos y patos, y retozaremos de cuando en cuando en un lecho de heno.”
¡Pues no! La obra no va de eso. Eso es, por así decirlo, el moho del queso: la sustancia, en realidad, es la historia del poder, la culpa y cómo a lo largo de este par de siglos de creación de la clase burguesa hemos progresado en el perfeccionamiento del escapismo moral. Que la culpa la tiene siempre otro: por ejemplo, esta golfa menopaúsica que no quiere escaparse conmigo y eso que yo tengo una familia que abandonar y unas hijas chipiritifláuticas: ¡menuda egoísta!
Porque aunque sí, lo del tema de engañar a la parienta sale, así, como muy por encima, es la misma tía la que dice: “que sí, que si está mal lo que hacemos, pero a ver, que no tenemos doce años. Que lo sabe media oficina”. El tema consiste en que una vez sobreviene el desastre, una vez que hay que sentarse en la mesa con un par de botellas de whisky, un cartón de Marlboro y una caja de Lexatines y repartir la mierda que nos hemos ganado a pulso por medio de nuestros errores, resulta que hemos invertido tantísimo esfuerzo en desarrollar una angustia al alcohol, una súbita reticiencia a la nicotina y una extraña alergia a los tranquilizantes que en vez de repartir la mierda, nos la pasamos unos a otros: de este cáliz no beberé y este cura no es mi padre. La tragedia es, como se dice en la obra, que se asume el desastre como “a free meal ticket”, que traducido al castellano vendría a ser como “que nos toque la lotería”, una lotería en el sentido moral y no como la demolición de un sistema de valores que reclama(ba) una revisión: nada más rentable que los héroes de guerra, los genocidios, en términos morales, para los estados, los pueblos, la religiones, en definitiva, la ideología - y cómo no partir, desde luego, de la estructura más fundamental de la sociedad que ya no es la familia, sino la pareja misma, la mínima estructura de poder concebible, desde la cual se fragua todo: “esta jodida menopaúsica me destroza la vida.”
Peligrosa asunción esta que hace Neil LaBute de que con las dos torres gemelas no solo desapareció una América (y después con Londres y Madrid y Utoya una Europa que se congratulaba de lo bien hechos que estábamos), sino que aquella que resucitó ha desaprovechado una oportunidad maravillosa de convertirse en otra cosa. No se sabe en qué, pero en otra cosa: no en lo mismo.
Ojalá se tratara solo de una pareja desavenida.
Unos tipos hacen la guerra en Mogadiscio, Somalia. Van allí a capturar a unos malos pero se les estropean los helicópteros, los malos los rodean (negros islamistas que además gustan del pillaje, del uso de niños soldados y de llevar bandanas en la cabeza, como la película se encargar de repetir) y los tienen que rescatar. Hay muchos tiros, como dos horas de tiros sin descansos, canciones que pegan con la Guerra (Jimi Hendrix y tal, lo cual es gracioso, porque si, por ejemplo, habláramos de una peli del Vietnam tendría alguna lógica, pues el Vietnam coincidió con la era dorada del rock en EEUU, pero como la batalla de Mogadiscio fue en 1993, lo lógico es que hubieran puesto algo de REM, de Nirvana, de U2. Jimi Hendrix ya llevaba muerto unos cuantos años. No sé, es una sugerencia, no soy director de cine ni nada, pero [eso ha sonado a cuando uno dice: yo no soy racista pero…, lo cual quiere decir que sí, que en cierta manera soy director de cine]) y muchas frases en plan:
“¡Johnny aguanta!”
“Dile a Katherine y a las niñas que estoy bien”, y luego muere. Un soldado.
“¡Sargento, me he quedado sin munición!”
“Esos burócratas de Washington…”, dicho por un coronel u oficial de alto rango en desprecio a la idea que tienen ciertos descerebrados en el gobierno de impedir que los oficiales del ejército de los Estados Unidos utilice armamento pesado en un territorio plagado de civiles.
“¡Hombre herido! ¡Hombre herido!” cuando a un tío le pegan un tiro en la cabeza. ¿Herido? Todos hemos visto sus sesos salpicando el parabrisas. No está herido. Está tieso.
“Un Ranger nunca deja atrás a los suyos”. Salvo cuando el general dice: “Negativo, es muy arriesgado”.
La película reúne todos los clichés de películas de guerra. Habida cuenta de que Ridley Scott es el director de Blade Runner, sí, sí, esa jodida maravilla, habremos de pensar que o bien le abdujeron los replicantes o bien le dijeron: “Ridley, esos cabrones demócratas han entrado en la Casa Blanca y mira la que han liado en Mogadiscio. Tienes que hacer una peli para que el mundo vea la que montaron. Y cuantos soldados cayeron en una guerra absurda contra unos negros que morían a puñados bajo el fuego tecnológico, en proporciones de 1 soldado americano por 50 militantes somalíes más 10 civiles. Es imperativo, Ridley, ¿te puedo llamar Ridley? Aquí todos somos una gran familia. Sí, es imperativo que esta película funcione, porque como te digo, Ridley, hay que mostrar al público que soldados americanos, soldados compatriotas han sido enviados por eso burócratas de Washington a morir en un puto desierto. ¿Me entiendes? Los mismos cabrones que criticaron a Bush por mandar soldados a establecer la democracia en Kuwait ahora mandan a jóvenes a morir al cuerno de África.”
Dos horas más desperdiciadas de mi vida, y la colada sin hacer.
Un tío se levanta un día. Es un día de invierno en una ciudad norteamericana, su viejo automóvil está arrugado, cree que el vecino se lo ha escacharrado y le deja una nota: Thank You.
Luego pasea por la playa, mientras oye voces en su cabeza, y aquí empieza el asco: “siempre me enamoro de la primera chica con la que me cruzo”, “conocería a más chicas si pudiera mirarlas a los ojos”, y oraciones de hipster seguramente fusiladas de algún blogroll de un quinceañero o peor aún de un cuarentaicincoañero comportándose como ídem. Y allí ve a una misteriosa muchacha, divertida, algo alocada, con el pelo teñido, con la que se encuentra en el café y luego en el tren y claro, hablan y se caen muy bien, y hacen cosas que solo hace la clase media-alta blanca: al lago helado a patinar y hablar de tintes del pelo y demás conversaciones que, a Dios gracias, colocadas tras la mampara del cine, dan así como gustito, pero en la realidad: imagina que estás en el Cercanías y una tipa que se acaba de meter un carajillo para el cuerpo, que lleva el pelo tintado de color azul cobalto se te sienta al lado y te empieza a dar la brasa con lo importante que es tener un nombre para cada tinte del pelo. Y si eres una chica imagina que te gusta Jim Carrey.
Otra cosa muy mona que hacen es que se van a un lago helado: Nunca se le había ocurrido a ningún cineasta, colocar a un chico y a una chica que se atraen haciendo el pavo en un río helado. ¿Lo he repetido? Es que sale como veinticinco veces en la película.
Bueno pues la pamplinada esta va de que estos dos se conocían de antes, pero como llevaban una relación de mierda, rozando el maltrato psicológico - vamos, lo que viene siendo el sustrato de la institución - pues ella, muy sabiamente decide borrar de su memoria al Jim Carrey y Jim Carrey, dolorido tras descubrir que su ex- le ha borrado de la memoria quiere su justo pago y acude él también a la clínica de borrado de recuerdos. Y luego el amor todo lo puede y se vuelven a encontrar y zZzZzZzZ. Flipa lo que se complican los directores de hoy para ocultar la sequía de ideas.
Todo esto que les he contado ocurre en quince minutos, así que ya saben la historia: ¿cómo rellena Gondry los otros 90? Pues a base de los recuerdos de Jim Carrey que, la verdad, son como los de otro cualquiera: idealizados, almibarados, previsibles. La chica es así como salvaje y alegre y el seriote y tonto del culo. Se van al cine, se van de cena, echan un kiki y demás.
Es decir: Isabel Coixet fusionado con Spielberg.
Una tipa está en un pub inglés, y entra un tío y se ponen a preguntarse durante quince minutos “¿qué tal estás?, yo bien, ¿y tú? yo bien también, y tus hijos, bien, y tú, bien”. Así dicho piensas, joder, menudo tostón de obra, yo me voy a ver Chicago o Campamento Flipy, pero no, es que la cosa es que la escribe Harold Pinter y los dos mendas han sido amantes durante más de siete años.
Siete años. Y se acaban de encontrar. Luego la obra va hacia atrás: el descubrimiento de la infidelidad, los cuernos del marido que consentía que su mujer se fuera con su mejor amigo, el piso alquilado, hasta llegar al momento de mayor felicidad, el final: cuando los dos amantes se conocen y fraguan la traición que se perpetuará en el tiempo.
Lo más inquietante de ver una obra de teatro sobre la infidelidad es la reacción del público: en su mayoría parejas. Cuando ríen, cuando se remueven en sus asientos, cuando cuchichean ante lo que allí ocurre: es todo un zoo, una exhibición. Con esto quiero decir, que no hay un solo momento cómico en la obra, o al menos no hay un solo momento cómico que no sea un auténtico drama. Cuando el amigo cornudo confiesa al amigo corneador: sé que te tirabas a mi mujer y aún así no hice nada, la gente se ríe, pero estamos hablando de un hombre traicionado que a su vez traiciona: su venganza es no confesar a su amigo que lo sabe.
Y la gente reía ante cosas así.
Hay en Pinter siempre una obra escrita en el silencio, cuando los personajes se preguntan tres veces “cómo estás” es evidente que hablan muchísimo más en los intermedios que en esos lacónicos intereses por la salud de alguien a quien te tiraste durante 7 años a escondidas (supuestas) de su marido y tu mejor amigo. Pero ya se sabe que todo es ficción y que el mundo es un escenario, o algo así.
Un tipo de cincuenta y tantos años vive en una hacienda en Serebriakov con su madre, la ama de llaves, su sobrina, un doctor que se pasa por ahí de vez en cuando y, como la casa está muy solitaria, vienen el cuñado, escritor pedante y fracasado, y la nueva mujer de éste, lozana moza unas cuántas décadas menor que él.
La historia va de lo siguiente: El tipo de cincuenta y tantos años está enamorado de la mujer de su cuñado y esta a su vez se enamora del romántico y cínico doctor que es amigo de Vania, el tipo de cincuenta y tantos. La sobrina de Vania está enamorado del doctor y el doctor no está enamorado de nadie. La mujer del cuñado de Vania no ama a Vania y es detestada por la sobrina, por ser ésta más fea y menos casadera, aunque a lo largo de la obra ambas descubrirán la verdadera amistad, aunque esta será entorpecida a su vez por el amor que la mujer del cuñado de Vania siente por el doctor, que está más interesado en hacer jocosos comentarios nihilistas y pintar bosques. A todo esto el cuñado de Vania quiere vender la hacienda lo cual enfurece a la ama de llaves, a la sobrina y a Vania, que llevan deslomándose toda la vida para que el cuñado persiga una ridícula carrera de escritor, esto precipita la salida de la casa de la extraña pareja de invitados, que deja frustrados al doctor, que empieza a amar a la mujer del cuñado, a la mujer del cuñado que también ama a su marido y al doctor, a Vania, en fin, por resumirlo: los únicos que no están enamorados de alguien son la ama de llaves y la madre.
Se escucha decir: miren, si es que en Chéjov no pasa nada y eso es lo más interesante de ello - me lo repiten, por favor. En Chéjov pasan cosas todo el tiempo, incluso cuando los personajes se aburren y se mandan callar unos a otros están dando cuerda a sus acciones y sobre todo se van rebelando contra sí mismos: la fiera domada es infeliz con su marido pedante y achacoso, la sobrina servil y devota aspira a que el doctor clave su mirada incierta sobre su pecho y el tío Vania lo único que desea en toda la obra es morir (o matar, que es una forma de morir también). “Ni es tragedia ni es comedia” es una forma delirante, muy de nuestro tiempo, de eludir que en Chéjov nada hay más que la derrota constante y la vanidad de toda acción y sobre todo la futilidad de sus motivos: Vania fracasa al darse muerte y al tratar de matar a la némesis, Sonia de saber la verdad acerca de los sentimientos del doctor y Elena de siquiera por un instante dejarse llevar por el corazón. La obra termina como empieza: si de eso no trata la tragedia tendremos que revisar de qué estamos hechos.
Y tenemos tres más en Londres: La Gaviota, El jardín de los cerezos y Tres Hermanas. Mayo es el mes más cruel.
Hello there,
I just created a Facebook Page for my illustrations, so feel free to ‘like’ it if you like, and you’ll...
Llevo tu corazón conmigo,
lo llevo en mi corazón.
Nunca estoy sin él
donde quiera que voy, vas tú
amada mía,
y lo que sea que yo haga
es tu...
My New Etsy Store is now live!
I’ve just set up an Etsy Store if you’d like to take a look. I’m gradually adding images to it, so feel free to...
Bueeeeno, habrá que ir preparándose para patrullar. Por cierto, que no sé si se lo he dicho: la obra de teatro va viento en popa. O sea, que a los...
LOCKE: Jack, haz lo que te digo.
JACK: No.
L: Sí.
J: ¿Por qué iba a hacerlo?
L: Porque los pollos pían.
J:...
SPOILER SPOILER SPOILER
Esto ya lo habíamos visto antes muchas veces. El gran logro de Perdidos está en haber convertido el mcguffin, la retórica,...
me fijo en las personas equivocadas. ay no debí poner la opción de preguntas anómimas, soy tan morboso. además parecerá que yo solito me hice esta...