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Un tipo surafricano se va a Londres a convertirse en poeta. Lo que finalmente consigue en convertirse en programador informático en IBM. Solo con estos dos datos basta para hacer un libro interesante: los premios nobeles también han tenido o pueden tener una vida anodina. No una vida de mierda, que es muy distinto: nada de ser pastores pobres y analfabetos o hijos de acaudalados nobles que les recitaban versos de Keats entre suflé y suflé y sesión de codeína: a ver, que estos son los menos. El personaje de Juventud, el joven Coetzee no es un ser noble, aguerrido, dispuesto a luchar por su literatura y consagrar la poesía por encima de toda existencia: de hecho es un meapilas. Se lía con tías porque eso es lo que hacen los artistas, dice que es que las tías tienen un detector de artistas metido en la cabeza y él como es artista debe hacer uso del mismo. Luego les da la patada o las hace abortar, sin darle mayor importancia. Odia a Londres y a sus gentes, odia sus orígenes (Suráfrica por aquel entonces debía ser una especie de colonia británica, llena de palurdos que apenas hablaban el inglés) y anhela hablar correctamente el inglés. Sí, sí, lee mucho a Pound, a Henry James, aborrece ciertas novelas de Ford Madox Ford pero lo considera insuperable, en definitiva, lo que viene siendo la forja de un escritor de manera cruda, sin lugar a la autocompasión ni a la floritura.