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Un tipo decide no yacer con nadie. Ni siquiera consigo mismo. Durante 40 días. O sea, lo mismo que puede pasarle a muchos humanoides, pero en plan consciente. ¿Por qué? Por varias razones: porque su novia le deja, porque su hermano es cura y porque hay que hacer una película. Por cierto que el guionista debe ser un auténtico latin lover, porque se imagina unas cosas que le pasan a aquel que no copula o descarga en cuarenta días…
El caso es que decide eso. Y claro conoce a una chica que le mola. Eso quiere decir en una película: que es guapa, simpática y desenfadada. Además, le entra, ¿qué más se puede pedir?
Pues bien, nuestro protagonista (interpretado por el insecto palo Josh Hartnett) no le cuenta nada de su “pacto”. Luego habrá lío. Y apuestas, porque los colegas ya se sabe como son. Y más caras de panoli del actor. Y todo ello con un trasfondo seudocrítico con la conducta masculina que, por ser tan superficial e imbécil, termina por confirmarla, reproducirla y hasta bendecirla. Los tíos quieren mojar el churro siempre, las tías no siempre: he aquí la dialéctica de los sexos que esta película nos presenta.
Ya sólo el cartel de la película es muestra de sublime grosería y pacatez, presentando el titulo de la película y los créditos como si fueran la mismisima estructura del falo del protagonista. Pero especial nausea da una escena en que el protagonista es acosado por dos tipas para que yazca con ellas. Todo ello porque según la interpretación de las dos mujeres el tipo les ha quitado el control y el poder que, como féminas macbethianas que son, desde el comienzo de los tiempos, con el primer matrimonio concertado por unos neolíticos, han tenido. Y eso ya es el colmo: resulta que todo el machismo en verdad es un matriarcado encubierto.
El tipo, por supuesto, no consigue la apuesta, siendo violado (sí, sí, violado) por su ex-novia, mientras está en una suerte de delirio peor que cualquier mono heroinómano. Por supuesto, no denuncia a su ex, un hombre es un hombre (imaginense si la escena fuese invertida sexualmente). Y por supuesto, la chica desenfadada se entera de este incumplimiento y se mosquea (de nuevo imaginense la inversión: una chica violada y su novio que se enfada con ella, por guarra), pero le perdona y entonces todo es amor. O sexo, porque, al parecer, se dan a la lujuria durante no sé cuántos días. Ese es el final. Hubiera sido mejor, quizá, que hubiesen filmado esta última parte de la película. Hubiera sido más sincero. Y más interesante.
Crítica realizada por Lucas.