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Una tipa es viuda. Pero antes de que podamos tomar distancia con el personaje para comprenderlo mejor, Mike Leigh nos lo da masticadito, para que de manera inmediata simpaticemos con ella y no tengamos un solo respiro: es viuda de un soldado inglés que murió durante la II Guerra Mundial, es decir, es la viuda de un patriota, de un hombre guapo, bueno, apuesto y por tanto inglés, y que era capaz de empuñar un arma para darle matarile a un otro (un otro malo, alemán o japo, se entiende). La mujer, además de viuda, tiene una hija, fruto de su amor con el soldado y convive con su hermano. Es imposible pensar nada malo de esa mujer, ni por qué nadie querría hacerla sufrir más.
Bajo estas condiciones uno no ve teatro: uno lee un catecismo, un manual de buenas maneras del espectador de teatro y asiste a la tortura en directo del personaje: dos largas y aburridas horas de previsibles desgracias de posguerra que pretenden minar a la viudita y que, contrariamente a lo humanamente sobrellevable, no provocan ninguna reacción, ningún cambio en ella. Llora quedamente, tolera las rabietas de la niña, perdona a las chismosas, etcétera. Es una santa, como diría mi abuela. Y en tanto que santa aburría a los mortales espectadores, que se debatían entre el bostezo o el sadismo de saber qué nueva desgracia le ocurriría.
Rompe el pacto teatral Mike Leigh y miente, miente mucho y muy bien: con vista a agradar a un espectador que paga desacomplejado su butaca de 32 libras, le pone en escena un personaje al que tiene que amar: es que es una víctima, mirad. ¿Quién va a decir nada de una viuda de un soldado, con una hija rebelde y contestona, un hermano afásico y un grupo de amigas neuróticas? Nadie, porque el personaje no existe: es pura ideología. Aquí ya no se habla de abrir nuevas preguntas (y una guerra las produce) sino de la rentabilización del dolor, una industria muy cercana a la creación del mismo y a la producción de banderitas, desfiles y ataúdes. Y también en el teatro. Eso da miedo.