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Un tipo es el primer ministro de Gran Bretaña. Un día, mientras duerme con su bella esposa, le despiertan sus asesores y lo llevan a una sala donde le ponen un vídeo que alguien ha colgado en YouTube. La princesa del reino ha sido secuestrada. El primer ministro dice, ah vale, bueno, poned a los servicios secretos a que la busquen, preparad el rescate y demás y borrad el vídeo de YouTube.
Pero lo asesores dicen, no no, que verás lo que pide.
Bien, la petición de los secuestradores es muy clara: el primer ministro tiene que follarse a un cerdo en directo si quieren ver a la princesa con vida. El vídeo ya se ha hecho viral y toda internet está al tanto de la petición. Fucking internet! dice el primer ministro británico.
Así que los cuarenta y cinco minutos del mediometraje siguen punto por punto el plot de un thriller al uso, solo que con un elemento novedoso: las redes sociales y los media que se conjuran (esto es: también los tuiteros) para que una cuestión de Estado (el secuestro de un miembro de la Casa Real) se convierta en un hashtag, en una encuesta, en una cuestión de democracia virtual. Y es aquí donde Brooker le da el toque perverso. Que se asume muy rápido que la red nos ha hecho estándares de la ética y de la libertad y luego resulta que las redes no imploran que se libere a la princesa, sino que el presidente de la nación se folle a un cerdo en directo.
Hablando de presidentes y de princesas. No sé cómo se trasladaría esta historia a un contexto español. Supongo que para ponerla en vereda, en primer lugar, los españoles deberían librarse del secuestro al que se halla sometido su país por la Casa Real y la clase política. Porque supongo que si alguien raptara a Urdangarín o a Letizia los secuestradores pronto se darían cuenta de que son ellos, terroristas o mafiosos, los verdaderos secuestrados.
Una vez eso, habría que elegir qué miembro de la Casa Real tiene el carisma y el respeto suficiente en nuestro reino como para que follarse un cerdo en directo merezca la pena. Sí, suena muy fuerte, y por menos los del Jueves casi acaban en la cárcel, pero ¿a quién?
Y después hay que elegir al candidato a actor porno. Porque los últimos presidentes y políticos que ha tenido nuestro bello país ya han propiciado un espectáculo tan grosero que verles hacer el amor a un cochino sería casi una exquisitez.
Qué pocas opciones, ay, para el país del jamón y el lomo.