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Un tipo prepara una entrevista para la televisión con un colega. El tipo es un afamado arquitecto, el ganador más joven del Pritzker (el Nobel de la arquitectura), es el jefe del proyecto de una nueva superciudad, en fin, es un tipo con suerte. Salvo por una cosa: tiene una amante. Su colega le dice que no importa, que vaya que vaya, que eso de tener amantes está mal, pero consentido, que él mismo ha tenido algún afaire, pero el arquitecto le dice que no que no, que esto es mucho más jodido: es que la amante es una cabra. No en el sentido metafórico: Capra del género Bovidae.
El colega (hijo de puta) le escribe una carta a la mujer y le cuenta toda la historia: que su marido el arquitecto le pone los cuernos con una cabra: comienza la guerra y la mayor parte de la obra, que es la que desarrolla la discusión entre el arquitecto y su mujer. De vez en cuando aparece el hijo de ambos, que es gay, y trata de hacer el juego de la mala conciencia paterna con ello, aunque nunca lo consigue. Hay una escena bizarrísima con el padre y el hijo, mejor no lo cuento.
En realidad, si se toma la suficiente distancia de la obra uno comprueba sobre qué frágil vereda conduce Albee. Ya es perro viejo en esto del teatro (en el prólogo al primer tomo de sus obras completas o en la Paris Review, no sé, dijo que se dedicó al teatro porque había fracasado en todo lo demás) y a muchos les sonará la obra “¿Quién teme a Virginia Woolf?”, que va más o menos sobre lo mismo, parejas pequeñoburguesas con sus deliciosos problemas pequeñoburgueses para un espectador tan hipócrita y masoquista que le gusta verse reflejado en sus personajes: es el teatro, imbécil. Los pasajes de la obra conducen no a una reflexión sobre lo que es o no una pareja, sino la falsa conciencia que se tiene sobre la fidelidad, las relaciones, el amor: en una de las escenas la mujer le reprocha al marido (por otra parte totalmente enamorado de la cabra a la par que de su esposa) NO que la engañe, que hasta cierto punto sería comprensible, dada su posición, estatus, frecuencia de cuernos de las cónyuges de sus camaradas de profesion, etcétera, en definitiva, dado su dinero, SINO que la engañe con una cabra, que la ponga al mismo nivel que un animal. La herida no está producida por la traición, que el propio marido reconoce y lamenta, sino por la pérdida de clase, estatus, etcétera por la igualación que supone todo amor verdadero: el amor es ciego hasta que la Otra es un artiodáctilo, pero entonces ya no es amor. Un auténtica barbaridad de texto, hiriente y genial.