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Una tipa exitosa de Nueva York va a casarse con un rico magnate de Manhattan. La tipa escribe artículos de feminismo rancio para una revista de moda, con cierta repercusión, lo cual le permite un desahogo económico superior al de la media nacional y aturullarse en cavilaciones sobre cómo combinar unos Manolo Blahnik con un Lacroix. La boda va viento en popa, el futuro marido compra un apartamento en Manhattan y reforma el armario ropero hasta convertirlo en un híbrido entre una cajafuerte y un puticlub, con espacio suficiente como para alojar a toda una familia de inmigrantes mexicanos ilegales, incluídos primos, tíos y gallinas. La revista Vogue le propone a su escritora más popular y solterona hacer un reportaje fotográfico que saldrá en las páginas centrales… La vida no podría ser mejor… Hasta que el mismo día de la boda… Todo sale mal. Y comienza la parte verdaderamente interesante. La tía entra en un estado de depresión peligroso, se olvida de los Manolos y de su trabajo, sufre cuando ve sus fotos publicadas (en las que sale vestida de novia), habla con sus superficiales amigas e incluso se acuerda de su antiguo novio: pero nada consigue consolarla. Como el poema de T. S. Eliot, ahora es una mujer hueca, una triste cáscara que camina sobre el puente mientras sus zapatos, sus vestidos, su… vida se deshace en cenizas…
Y luego, para rellenar ese vacío, llama al novio y le perdona y se casan. Exaltación de la amistad y risas para todos.
Cierto sector de público, masculino o masculinizado, odia la franquicia Sex & The City como si se tratara del Anticristo. Entre los adjetivos más escuchados se encuentran “periclitado”, “espongiforme” y “gedeónica” y, en menor medida, “machista” y “denigrante”, lo cual ya es tautológico, tratándose de cine norteamericano. Pocas series americanas de éxito cuentan con mujeres en papeles que no las denigren de alguna u otra manera. Ya sea de forma simbólica, ya sea de forma explícita, las mujeres siempre sostienen papeles secundarios, son superficiales, irrespetuosas, ignorantes o llanamente idiotas: por ejemplo, aquella sobrevalorada serie de risas, Friends, dibuja el universo femenino, según los americanos, a la perfección. Desde nuestras fronteras se ha intentado invertir y se han creado personajes como la Sole, de Siete Vidas, y en general a Amparo Baró, feminista, progre, inexistente, en definitiva tan estridentes y poco cabales y creíbles como Bob Esponja, y eso proviniendo de una serie donde actuaba Willy Toledo o Paz Vega ES por sí mismo un piropo. La inversión de papeles (un hombre vestido o haciendo de mujer) es un recurso humorístico tan válido y antiguo como apuñalar a tu querida por desamor.
El caso es que los personajes femeninos de Sexo en Nueva York son una amenaza. Son mujeres superficiales, con puestos de trabajo cualificados, educadas, que comen en restaurantes con platos cuadrados y cambian de pareja tan pronto como ésta les parece poco sofisticada o apropiada. Eligen, en definitiva, quedarse a vestir santos antes que conformarse con menos de lo que ellas piden. Otra cosa sea que lo que tan ansiosamente anhelen sean un par de zapatos y Dom Perignon sobre una cama de rosas mientras les recitan cartas de amor de Beethoven: el arma más siniestra de las democracias consisten en tener “libertad para soñar” aun cuando las condiciones de facto impidan cualquier posibilidad de realizar ese sueño. Sarah Jessica Parker y sus colegas son una fantasía onírica, una fantasía colectiva, escondida en el inconsciente materialista de tantas y tantas mujeres y hombres modernos: el pecado fue entonces convertirlo en un formato televisivo. Porque descubrir la insoportable realidad que toca vivir, es decir, que ni tendremos unos Blahnik, ni podremos pagarle unos a nuestra novia, jode, jode mucho; que no conoceremos el sabor de las ostras con champán y no cava catalán, que las gulas siempre serán de Pescanova y que las mejores fotografías que nos harán jamás serán en la comunión de un sobrino maleducado y nauseabundo es deprimente. Esto es el posfeminismo.
Y la peli, sí: es una mierda.