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Un tipo que es una esponja vive en el fondo del mar. Tiene como compañero de trabajo a un calamar, trabaja para un cangrejo y es amigo de una ardilla que respira bajo el agua con una escafandra. Al comienzo del musical, Bob Esponja (la esponja que vive en el fondo del mar) declara repetidas veces que es completamente feliz, allí bajo el mar y lo declara de una manera muy convincente, es decir, cantando. Bob trabaja haciendo hamburguesas, y a pesar del pesimismo crónico de su amigo calamar y de la despiadada avaricia de su jefe, el cangrejo, él es feliz dándole vueltas a churrascos y masas de carne picada, ajeno por completo a cualquier conciencia sindical o de la explotación: por ello, Bob Esponja es o bien el héroe nihilista máximo (porque acepta de manera unilateral su condición de empleado de hamburgesería como cima de su vida – recordemos que se trata de una esponja que vive en el fondo del mar y que para ellas ser empleada de hamburguesería debe ser algo parecido a ser el más oligrofénico paleto de un pueblo del interior y convertirse en concejal de vivienda en un ayuntamiento de la costa hace unos años) o bien es idiota. Pues bien, Bob Esponja ve a unas medusas “volar” (en el mar) y súbitamente decide que su vida no será plena hasta que no consiga “volar” junto a las medusas, es este un deseo muy sombrío en el que no sabría explicar qué símbolos traduce, pero seguramente tenga algo que ver con bien el incesto, bien con la vida sexual de las esponjas. Luego se suceden muchas canciones y Bob Esponja logra volar, como digo, en el agua. Que Bob Esponja sea el dibujo favorito de los críos no se debe tanto a su entrañable representación y pusilanimidad, a su romántica forma de ver un mundo que se cae a pedazos, una forma de ver cobarde, sobre la que Bob nunca actuará salvo para mantenerla intacto, negando su identidad a cualquier ser que se oponga al estatus quo (a aquellos que están en desacuerdo con, por ejemplo, la explotación del cangrejo neoliberal les empuja a que tengan sueños, no a que los cumplan, sino que se nutran de sus propios pensamientos hasta consumirse en ellos mismos: ¿no habéis tenido sueños? ¡Cómo no tenerlos, cuando uno malgasta su vida y su carrera tras la barra del Burger King!); decía que Bob Esponja no es dibujo favorito por su simpatía sino por condicionamiento pavloviano: en un mundo infantil en el que el trastorno de déficit de atención es una pandemia, el alcoholismo, la anorexia, las enfermedades de transmisión sexual, los ñetas, la música rap y paparazzis acechando a los niños como aves de rapiña las calles de cualquier gran ciudad, la televisión por cable y sobre todo la posibilidad de restringir los canales adultos y de noticias, las opciones de cualquier padre “bien” informado por, por ejemplo, un periódico nacional de gran tirada, a salvar el alma o al menos, lo que queda de ella, de sus hijos se reducen a productos de esta estirpe: los héroes infantiles ya no sueñan con casarse con el príncipe azul o matar a los malos, sin distinguir a unos de otros, sino con hacer hamburguesas durante todo el día y proponerse sueños gramaticalmente ilógicos a la par que poéticos, por ejemplo, “volar” en el agua. Si es que lo anterior tiene algún sentido…