Mugu |
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Un tipo es iraquí y se tira tres meses recorriendo Asia Menor y Europa para dar con sus huesos en Calais, último paso fronterizo antes de llegar a Londres, Reino Unido. ¿Qué le impulsa tan tremendo viaje, aparte de la incomodidad de venir de un país en guerra? Una novia a la que su padre quiere casar con un partner financiero.
El tío trata de pasar en unos camiones, como todo buen inmigrante hijo de vecino, pero la policía audanera más atenta a detectar dióxido de carbono en los carruajes que cargamentos de, por ejemplo, ropa falsificada proveniente de China, le descubre. Así que se le ocurre la fabulosa idea de cruzar el Canal de la Mancha a nado.
Ahora bien: la historia nada tiene que ver con los pobres inmigrantitos que se mueren a un lado y a otro de las costas tratando de alcanzar una vida miserable en un pais próspero: trata en realidad de la conciencia occidental ante CUALQUIER problema real. Y para ello se vale de un recurso tan original como mostrar a una pareja que acaba de romper: él, francés brutote que da clases de natación y al que los inmigrantes ni fu ni fa; ella, mujer con conciencia social, al borde de la anorexia, que le deja por otro tipo con más pelo y que le marea la perdiz, ahora me llevo los libros de Whitman, ahora me llevo el escritorio, oh, sabes que doy de comer a los pobres inmigrantitos, pobrecitos, con el frío que pasan… Qué injusticia. El suflé está servido.
Claro, el grueso de la película aparece cuando el profesor de natación, al que los inmigrantes le importan tres pares de cojones, se decide a ayudar a uno, por ejemplo, el que quiere cruzar el Canal de la Mancha, por un motivo que no es humanitario, ni buen rollista ni te hace quedar de puta madre en tus reuniones de Moet y queso. Nuestro amigo francés ayuda a su querido iraquí porque éste ha tenido los cojones de recorrerse medio mundo para juntarse con su amor y él, jodido francés, no ha tenido cojones de recuperar a su mujercita amante de los inmigrantes y de la poesía y del queso, que estaba allí mismo, en Calais, jodiendo la marrana.
Mira tú por dónde que en cuanto se pone a ayudar al chico - es decir, le deja dormir un par de noches en casa y le da un par de clases de natación - todos, es decir, hasta su anórexica concienzuda ex-mujer le recriminan su actitud: cómo se le ocurre ayudar a un inmigrante, con lo ilegalísimo que es eso, con lo chungos que pueden ser, lo de darles cuencos de arroz está bien, pero de ahí a dejarlos dormir en tu casa y no sólo eso, animarlos a encontrarse con su amor, ¡ya basta!
Es lo bueno de contar historias - parece tan sencillo ¿verdad? - sobre gente normal, gente que no aporrea tu puerta para pedirte que votes a los demócratas o luches contra la explotación de los críos en Bangladesh y sin embargo te animan a una muerte casi segura con la desesperación y el ahínco que a ellos les faltó para luchar, es en ésa pérdida, en esa humillación de donde surge una película como esta. Olé o, mejor, ¡chapeau!