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Un tipo, doctor, descubre que unos baños públicos de su pueblo están infestados de bacterias y microbios, por la mala canalización del agua y por lo tanto provocan enfermedades a los que hacen uso de las instalaciones. Al doctor le entra entonces la duda: ¿debe decirlo y salvar la salud de su pueblo o por el contrario debe primar el beneficio económico que los baños públicos reportan?
Dicho así, la obra parece un coñazo escrita por el empleado liberado por el sindicato de algún baño público de Albacete, pero teniendo en cuenta que se ideó allá cuando la frenología era una ciencia y el cloro para las piscinas ni se había inventado, pues su mérito tiene. Claro que el doctor éste, en cuanto dice que va a publicar un informe en el periódico sobre las bacterias y tal, se le echa medio pueblo encima: que nos robas el turismo. Como cuando prohibieron fumar: que nos quitas el negocio. Total que le apedrean y le llaman “Enemigo del pueblo”, porque quiere llevarlos a la ruina y él que no, que lo hace por su salud.
Y ahí es donde mete la pata.
Le pasa a Ibsen en todas sus obras mayores, que no resisten un análisis contemporáneo. Casa de muñecas, falacia feminista de una incómoda Nora que no tiene reparos en abandonar en su familia en búsqueda de la “libertad”. Pero ay, si la igualdad de géneros fuera tan fiera, y el marido la hubiera abandonado a ella por aburrida y se hubiera ido con la mistress, al más puro estilo Miguel Mihura, las piedras que le iban a llover al doctor Stockmann iban a ser pocas en comparación.
El médico llena de buenas intenciones la obra: quiere luchar por la salud de su pueblo a costa del beneficio: la injusticia es clara - el doctor, un tipo que se ha beneficiado de una educación exquisita no es sino un oligarca más entre los oligarcas que quieren sacar tajada de los baños públicos, sino que es un formidable hipócrita: ese amor a la verdad clínica condena a todo un pueblo a la ruina económica, a su única fuente de ingresos. Él, como buen médico doctorado, puede (y es lo que hace, cuando el pueblo entero le tacha de proselitista) largarse a otra ciudad y a otro país echando pestes de la falta de libertad de expresión en el suyo y continuar con su praxis médica y moral, sin ningún tipo de fárrago, salvo el que conlleva cargar con una familia. El resto no. El resto tienen que quedarse con las ruinas de unos baños públicos caídos en desgracia: muerto el negocio, muerto el pueblo. El médico es un oligarca que obtiene su ganancia de manera simbólica, y grande es, porque nada más importante que la salud, ¿verdad? y nada más importante que la libertad absoluta de la clínica para dirimir temas como la verdad. Que se lo digan a los habitantes de tantas poblaciones adláteres a centrales nucleares o depósitos de gas: paradojas vivientes del capitalismo. La obra, como digo, tiene ya cien años. Hoy por hoy sería una obra reaccionaria y sus revisiones, revisionismo. Pero es sociata, parece ser. Y libertaria, mal entendido. La frenología era una ciencia hace cien años. Lo frenopático aún está presente.