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Un tipo es peluquero, polaco y vive en París (P P P). El tipo vive más o menos bien, salvo por su mujer, que es parisina (P) y por tanto, ninfómana (P… de putón). Este obvio conflicto intercultural provoca que el polaco tenga problemas de erección y por tanto cabree cada vez más y más a su mujer en situaciones pre-coitum, y ésta al final decide echarle de la peluquería prendiendo fuego a la misma y denunciándole (P de perra).
El tipo, muy fastidiado, se va al metro a tocar con un peine canciones polacas. Allí lo encuentra otro polaco que le dice: vamos, tío, no es para tanto. El peluquero le dice que sí, que vaya mierda de país, que quiere volverse a Polonia, así que el otro polaco (llamémosle el empresario porque tiene pinta de ídem) lo mete en una maleta y lo lleva a Polonia. Sí, sí, encaja al peluquero en una maleta sin ruedas y lo factura para no pagar pasaje a Polonia (detalles así, tan al principio de la película, son como un grito de guerra del director: “soy un puto genio y ésta es mi firma”).
Llegan a Polonia. La maleta no aparece. La han robado. Los ladrones la abren y se encuentran con el peluquero. Le dan una paliza. El peluquero llega a casa de su hermano. Echa de menos a su perra-peluquera-putón-parisino. Y entonces urde un plan: hacerse rico para que la peluquera le ame. El plan…
Ah, el resto es cine. Puedes tragarte a un alcohólico haciendo de mafioso o puedes entergarte a la llegada de una chica a un pueblo cuyos habitantes la esclavizarán. Te pueden interesar las historias de rebeldes intergalácticos o la de un tipo al que meten en la cárcel junto a corsos y talibanes: lo que realmente te emocionará es que tras los primeros planos, los planos detalles, la boca recta de Julie Delphi haya una historia real, por muy disparatada que parezca: algo que uno pueda decir: joder, parece una chorrada pero ¿quién no ha imaginado alguna vez que podría colarse en un vuelo metido dentro de una maleta?