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Una tipa está en un pub inglés, y entra un tío y se ponen a preguntarse durante quince minutos “¿qué tal estás?, yo bien, ¿y tú? yo bien también, y tus hijos, bien, y tú, bien”. Así dicho piensas, joder, menudo tostón de obra, yo me voy a ver Chicago o Campamento Flipy, pero no, es que la cosa es que la escribe Harold Pinter y los dos mendas han sido amantes durante más de siete años.
Siete años. Y se acaban de encontrar. Luego la obra va hacia atrás: el descubrimiento de la infidelidad, los cuernos del marido que consentía que su mujer se fuera con su mejor amigo, el piso alquilado, hasta llegar al momento de mayor felicidad, el final: cuando los dos amantes se conocen y fraguan la traición que se perpetuará en el tiempo.
Lo más inquietante de ver una obra de teatro sobre la infidelidad es la reacción del público: en su mayoría parejas. Cuando ríen, cuando se remueven en sus asientos, cuando cuchichean ante lo que allí ocurre: es todo un zoo, una exhibición. Con esto quiero decir, que no hay un solo momento cómico en la obra, o al menos no hay un solo momento cómico que no sea un auténtico drama. Cuando el amigo cornudo confiesa al amigo corneador: sé que te tirabas a mi mujer y aún así no hice nada, la gente se ríe, pero estamos hablando de un hombre traicionado que a su vez traiciona: su venganza es no confesar a su amigo que lo sabe.
Y la gente reía ante cosas así.
Hay en Pinter siempre una obra escrita en el silencio, cuando los personajes se preguntan tres veces “cómo estás” es evidente que hablan muchísimo más en los intermedios que en esos lacónicos intereses por la salud de alguien a quien te tiraste durante 7 años a escondidas (supuestas) de su marido y tu mejor amigo. Pero ya se sabe que todo es ficción y que el mundo es un escenario, o algo así.