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Un tipo, junto a su madre y su hermano, se mudan a una ciudad costera de los EE. UU. La madre se ha divorciado recientemente y busca una nueva vida para sí y para sus hijos (sic) en la casa de su padre, que es medio hippie. Es verano, y en la feria del pueblo un tipo semidesnudo y grasiento da un concierto. Algo así como Conan el bárbaro cantando Aerosmith. El tipo ve a un pibón de pelo rizado, hombreras y aspecto ochentero. La persigue y al cabo de varios días conoce a sus amigos, que le gastan una broma (está a punto de caer por un barranco en una carrera de motos). Mientras tanto el hermano y el abuelo encadenan una chorrada tras de otra mientras la madre consigue un trabajo en un videoclub con decoración de tubos de neón.
El tipo se va con sus nuevos colegas a una cueva y allí, después de hacerle alucinar un rato, le dan de beber vino y se convierte en un vampiro.
Quien haya visto películas de Schumacher sabe que su películas saben a cintas de casette, Duran Duran y Rob Lowe. Este tipo de filmes se hicieron con el propósito de instalar en toda Europa una suerte de estética que pudiera permutarse y repetirse de vez en cuando, camino existoso, a la vista de lo que se puede observar hoy en lo que a tendencias se refiere. Los que, por aquellos años, veíamos con cierta compasión aquellos guiones cinematografiados, compuestos de chascarrillos, gracietas y desafortunados y cómicos encuentros sexuales en la piscina de una niña bien que había montado la fiesta mientras sus padre esquiaban en Francia, pero que a la vista del desorden que se produce en su casa, acaba por encerrarse en la biblioteca al tiempo que el chico más tímido la encontraba y practicaban el fornicio sobre la mesa de billar mientras el oso disecado los observa, impávido, con sus ojos de canica, comprobamos con horror no sólo que aquellos tiempos no pasaron en balde y hoy, cual asfixiante cámara de gas cultural se repiten en todos los planos imaginables: los ochenta están de moda, gente como McNamara y García-Alix se ha rescatado para beneficio de magazines culturales postsexuales y, la permeabilidad del léxico español empieza a adoptar formas como colegui, dabuten y yavestruz, justamente desterradas pero que hoy son casi tan necesarios para ganar cierto reconocimiento social como lo es el color blanco de los cascos del iPod.
La peli, además, no trata de vampiros (qué curioso, ¿eh? Vampiros en los ochenta, vampiros en el 2010) sino de las “malas compañías”. El prota y su pandilla de amigos vampiros no se diferencian de cualquier punky, a la sazón: peinados ingeniosos, quincalla cristiana, comportamiento antisocial, dormir por el día, desfasar por la noche… La reivindicación viene a ser la misma, la pusilánime: no dejes que tus hijos se dejen influir por sus amigos, por la noche, por la droga (muy simbólico que el ritual para integrarse en el grupo vampírico sea la consumición de un vino mágico), etcétera y más allá: no te divorcies de tu marido, no desestructures tu familia o, al menos, que no lo parezca.
No sé.