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Una tipa de Camerún decide que la vida, la Buena Vida (tm) está más allá de África, concretamente en Europa y más en la Europa de verdad, Francia. Así que se pone en marcha y entre pitos y flautas, alquileres de pisos y trabajos basura y estancias en campos de refugiados vuelve a su Camerún natal, después de haber escapado de la muerte. La novela, que no ha sido editada en España, y me costó la de Dios comprar el franchutelandia (los franchutes, tan falsamente bimorales, compran los derechos de explotación de una novela que habla de una tipa que quiere entrar en su tierra, pero no la dejan entrar) tiene un arranque brutal: con el asalto de la frontera de Ceuta por parte de cientos de inmigrantes que acabó con la muerte de varios de ellos.
A partir de ahí la novela va desinflándose hasta casi perder cualquier interés. Hay dos formas de afrontar una novela de emigración: a lo patético (el emigrante como un individuo romántico al que todas las fronteras le conmueven y todas las fuerzas están en su contra y, al final, salga ganador o derrotado, es mejor persona) y a lo transitorio (el protagonista va mutando según le ocurren unas cosas u otras, sin construir nada, sin acrecentar su estima o su valor, por ejemplo, Viaje al fin de la noche).
Clariste opta por lo primero: dar pena. El problema es que occidente ya ha mimetizado ese dolor y lo ha enajenado y procesado convenientemente - quién no se ha tragado un documental los campos de fresas y sus trabajadores y ha dicho: oh qué pena -, así que más que mostrar una realidad desde un punto de vista interno (el del africano errante que muere en las vallas de Ceuta o ahogado en el Mediterráneo) lo que hace es mostrar el punto de vista que los occidentales queremos que tenga toda novela de inmigrante: el de negritos pobres y bondadosos que son repatriados en las fronteras. No timan, no maltratan, no son violentos, y sobre todo no son racistas. Son los demás.
Sin embargo, La piège (La trampa) tiene una segunda lectura mucho más interesante y que parte de la propia ingenuidad de la narradora. La narradora, en realidad, no tiene o no muestra ningún motivo para huir de su país: es culta, ha sido nutrida como futbolista profesional, no es perseguida políticamente y vive con cierto desahogo. Camerún es uno de los países subsaharianos con mayor renta per cápita, aun con sus corruptelas y su falta de libertades. Se repite constantemente: hay que encontrar el paraíso, hay que huir de aquí. En cada país que vie, en cada desierto que cruza, nunca se detalla en qué consiste ese paraíso, la narradora trata en realidad de huir de sí misma: no conoce los paraísos a los que aspira, los imagina a través de las cartas de sus compañeros de viaje y los engrandece cuando sufre la discriminación por su condición de negra y mujer en los países del Magreb. Solo cuando vuelve, ocho años después, tras habitar en todas las miserias imaginables, se da cuenta de qué sentido tenía su huida y de dónde tenía que haber partido: una África embotada por la grandilocuencia occidental, alimentada con mitos modernos cuidadosamente proyectados como los futbolistas africanos, y camelada por un nacionalismo borroso que oculta corrupción y falsa solidaridad entre países. Y allí vuelve, para tratar de cambiar las cosas, ella, que partió un día para encontrar el paraíso.
La novela solo está en francés.