Mugu |
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Un tipo corto de edad (i. e. un niño) es elegido para el coro del colegio para dar un recital a Ceausescu. Cuando el presidente llega, le entrega un queso, pero al percatarse de que el niño todavía tiene los dientes de leche trata de arrebatárselo por la fuerza. El niño despierta del sueño y le alivia saber que es un ídem. (Aquí podría extenderme sobre la metáfora de la Rumania a la que se le caen los dientes antiguos para crecerle los nuevos, pero hace mucho calor). La historia de la película trata de lo siguiente: la hermana del niño está liada con el hijo de un policía. Mientras tontean, se cargan una estatua de Ceausescu y claro, la hermana, que es la pringada, se carga con toda las culpas, mientras que el hijo del policía se libra y se va de rositas. La hermana entra en una escuela técnica, conoce a un disidente y planean huir cruzando a nado el Danubio. (Todo esto con mucho bucolismo de Europa del Este y mucha delación y tal). Entre tanto, los padres de ella la presionan para que se lo tire de una vez y se case con él, ya que nunca viene de más tener a un policía de la secreta en la familia, sobre todo si es de la Securitate. Todo esto es percibido por el niño como una consecuencia del régimen de Ceaucescu y por lo tanto, planea, junto a sus compañeros de corta edad, asesinar al dirigente rumano.
Los cineastas rumanos y, en general, los rumanos, no son idiotas. Valga para salvar del exterminio que nos tenemos ganado los hombres a este bendito pueblo su alta eficiencia no solo en la chapuza (es increíble como el lenguaje, estacado a la experiencia, absorbe para sí y recalcitra lo que venía siendo un sustantivo despectivo -chapuza- en el sustantivo denominador de cualquier tarea compleja de bricolaje) sino en la integración. En cuanto al cine, me bastan dos para celebrar su inteligencia fílmica: “La muerte del señor Lazarescu” y “4 meses, 3 semanas y 2 días”, ambas planteados como tour de force, compensados, equilibrados y oscurísimos. “Cómo celebré el fin del mundo” se plantea de otra manera, más pausada, con diversos tiempos de narración pero que comparte con las otras dos la utilización de la Historia como símbolo del presente. Esto es algo complicado de explicar, así que pondré un ejemplo.
Cuando se hace una peli de la Guerra Civil, aquí, en España, la peli trata efectivamente sobre la Guerra Civil: rojos, fascistas, curas, tiroteos, la Marsellesa. La Historia, para el cine español, termina en la Guerra Civil y salta olímpicamente toda la Transición hasta llegar a la Actualidad: la prostitución, el maltrato, el abuso de menores, los problemas “sociales”: no se extienden los significados como la mantequilla sobre el pan bimbo. La guerra civil es esto y punto. La Historia Española, tratada por el cine, y seguramente por la literatura es básicamente un cuento con final feliz y toques trágicos: una narración plana con principio y final. Sin ir más lejos, la serie de televisión más importante de los últimos años se titula, no sin malicia, “Cuéntame”, narrada por una voz en off, como si la Historia de España ya estuviera cerrada y pudiera decirse como el cuento de la Caperucita.
El cine español se revienta las ojos cual Edipo ante ciertos pasajes tenebrosos de su madre, la Historia: la continuación subversiva de la acción militar después del franquismo (cuadrada en el esperpento del 23F), el asalto de los monopolios mediáticos por la “supuesta” disidencia, la guerra sucia, el blanqueo de capitales, la entrada en la OTAN o sin ir más lejos La Cosa Nostra que ha vaciado el erario de tantos y tantos ayuntamientos en pro de un desarrollo puramente ficticio. Todo esto ha sido directa o indirectamente ignorado por el cine español, salvando honrosas excepciones, como las de Pilar Miró o Pedro Costa.
A los rumanos les debe pasar otro tanto: nadie, con dos dedos de frente, se cree que después de matar a Ceaucescu (24 años en el poder), se acabó la rabia. No: quedan reflejos, imitaciones, estructuras que es preciso derribar pero que tienen un cuarto de siglo de sedimentación en la psique nacional, en las instituciones, en la policía, en el ejército, en los medios de comunicación. Y como es más que probable que algún comunista besara la bandera del arrepentimiento tras la ejecución de Ceausescu y ahora ocupe un alegre puesto como productor de cine o ministro de cultura con derecho a veto, los cineastas rumanos hacen metáforas: por ejemplo la metáfora de un régimen extenuantemente burocrático en La muerte del Sr. Lazarescu, donde un señor con un infarto se recorre todo Bucarest con la esperanza de que algún hospital se digne a acogerlo. En este caso, Cómo celebré el fin del mundo los protagonistas conviven en una microsociedad altamente jerarquizada, donde las relaciones se fraguan (todavía) con casamientos y obsequios, donde lo mismo da cruzar el Danubio a nado que fabricar silbatos a mano en un taller sin calefacción: todo eso explota, el antiguo policía es quemado por sus torturados, el loco se vuelve cuerdo, el sueño de cruzar el Danubio a nado se convierte en cruzar el Danubio como asistenta de un crucero de lujo.
A veces, cuando veo estas películas siento un escalofrío: siento que la historia que se cuenta habla de lo de ahora y no de Ceaucescu: traiciones, connivencia entre políticos corruptos, endogamia, la guerra por el afán de hacer el agujero negro más agujero y más negro. Una población abúlica que contempla y vota los dislates de sus dirigentes políticos como contemplaría y votaría la próxima expulsión de algún concursante de reality show. Pensar que ya no hay un Ceausescu, sino 300, algunos conocidos pero la gran mayoría, anónimos, fraguando amistades, fundando y destruyendo empresas, quebrando a una población con los estereotipos de siempre. Y luego pienso que total, que son rumanos y que no es para tanto.
El próximo post es el número 100 así que, para celebrarlo, voy a ver una película que vosotros me digáis y la voy a comentar, con mucho o ningún gusto.