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Un tipo le da un poema que él mismo ha escrito a una pava, en el metro. La pava se enamora y se van a vivir juntos. Si la peli acabara aquí, uno pensaría que en realidad ni el director ni el guionista tenían malas intenciones: agarrar la subvención, cenar con Pilar López de Ayala e irse a casa a dormir. Pero sigue. Lo intenta, se arrastra sobre la propia historia, restriega toda su creatividad por uno enfangado y acaramelado guión no ya previsible, sino algorítmico. Sigue a pesar de que ya existían precedentes sobre historias de poetas o poetastros que han dejado el listón muy alto: El lado oscuro del corazón y La eternidad y un día.
Como no tienen un duro, viven en la calle. Los protagonistas, digo. Luego viven en casa de un colega arrastrado del tipo, luego en una pensión de putas. El tipo, que para ganarse la vida malvende heroína y para demostrar que es bohemio, se la mete, no hace nada más. No se le ve en la cola del INEM, no se le ve leyendo, pocas veces se le ve escribiendo y cuando lo hace, ninguna contando sílabas. No se le ve “buscando a dios en las patas de una mesa”, como J. E. Eielson. De todos los personajes que he visto pulular por las películas españolas, creo que este es el más detestable. Es más detestable que todos los personajes que hayan hecho Willy Toledo y Juan Diego Botto juntos o por separado: es un “intenso”. Y es un “intenso” de los peores porque es un misógino: una de las frases más bonitas que le dice a Pilar López de Ayala es la siguiente: “te quiero porque eres libre”. El personaje de P. L. A. es lo opuesto a cualquier tipo de voluntad, decisión, libertad o ambiciones, tanto es así que parece que es una mujer que admitiría de buen grado una paliza por ser amada por el poeta: a partir de una promesa de amor tan minúscula como un poemita entregado por un guapo mendigo en el metro no solo abandona su trabajo sino que se deja vivir en la calle, vende droga y se prostituye, además de tolerar los desplantes de su amado (en cuanto P.L.A empieza a perder la alegría debido al abuso de los opiáceos, el bueno del tipo empieza a sodomizar a la amiga, adicta a la coca, pero con las carnes menos ajadas). En esta parte de la película, cuando el personaje de Pilar está literalmente hecho una mierda, el bueno de Unax dice: “ya no te quiero”. La actitud sumisa del personaje de Pilar es proporcionalmente desagradable y denigrante.
La película no es mala porque sus personajes sean malvados u odiosos, la película es mala porque su intencionalidad es otra, a saber: mostrar una historia-de-amor-que-pudo-ser-pero-que-fue-corrompida-por-la-pobreza,-la droga-y-los-sueños-en-el-madrid-de-los-ochenta. A toro pasado, la película es: una paleta se deja engatusar y muere por seguir un niñato rico que quiere jugar a poeta, una historia de amor involuntariamente rodada como una historia de maltrato. Pero no es ni tan romántico ni tan de canción de los Secretos: es una historia de maltrato puro y duro: el Madrid de los ochenta, la heroína, la Movida son una ficción, una construcción histórica paralela para rellenar el tedio de una época de falsamente construida sobre una nostalgia pedante y cutre para que hoy, los miembros más avispados sigan exponiendo su fotografías, escribiendo biografías sobre amigos ahora cadáveres, vendiendo recopilaciones de canciones que sonaron por aquél entonces, es decir, lo que se viene haciendo por aquí desde el 39: vivir de la carroña, de lo putrefacto, de los gusanos mitologizados, resucitar a todos los Lorcas, Hernández, Gil de Biedmas necesarios, Nanis, Vaquillas del España. Nada nuevo: a tomar por culo.