Mugu |
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Unos tipos están en un apartamento, el día 12 de septiembre de 2001. Él, marido con hijas. Ella, jefa importante, amante del primero. Osea que la historia es ésta: el subordinado se tira a la jefa y cuando dos aviones revientan las torres gemelas (o una masiva conspiración del gobierno de los Estados Unidos, los contratistas de armas y las petroleras ataca al centro financiero de su país con la siniestra intención de invadir un país con pozos petrolíferos para así asegurarse el suministro de combustible y el palio de una crisis provocada por su propia avaricia… O algo así) el subordinado dice: “hostia, tía, mientras comía este queso azul y veía como la civilización occidental se derrumbaba al runrún de los cimientos de esas dos torres, se me ha ocurrido que por qué no hago como que yo he muerto mientras fichaba y nos largamos por ahí: me convierten en un héroe, me ahorro el divorcio de mi mujer y el soponcio de mis hijas odiándome y montamos una granja en el medio-oeste. Tú te puedes llamar Jill o Jane, y yo Thomas. Tendremos vacas, cerdos y patos, y retozaremos de cuando en cuando en un lecho de heno.”
¡Pues no! La obra no va de eso. Eso es, por así decirlo, el moho del queso: la sustancia, en realidad, es la historia del poder, la culpa y cómo a lo largo de este par de siglos de creación de la clase burguesa hemos progresado en el perfeccionamiento del escapismo moral. Que la culpa la tiene siempre otro: por ejemplo, esta golfa menopaúsica que no quiere escaparse conmigo y eso que yo tengo una familia que abandonar y unas hijas chipiritifláuticas: ¡menuda egoísta!
Porque aunque sí, lo del tema de engañar a la parienta sale, así, como muy por encima, es la misma tía la que dice: “que sí, que si está mal lo que hacemos, pero a ver, que no tenemos doce años. Que lo sabe media oficina”. El tema consiste en que una vez sobreviene el desastre, una vez que hay que sentarse en la mesa con un par de botellas de whisky, un cartón de Marlboro y una caja de Lexatines y repartir la mierda que nos hemos ganado a pulso por medio de nuestros errores, resulta que hemos invertido tantísimo esfuerzo en desarrollar una angustia al alcohol, una súbita reticiencia a la nicotina y una extraña alergia a los tranquilizantes que en vez de repartir la mierda, nos la pasamos unos a otros: de este cáliz no beberé y este cura no es mi padre. La tragedia es, como se dice en la obra, que se asume el desastre como “a free meal ticket”, que traducido al castellano vendría a ser como “que nos toque la lotería”, una lotería en el sentido moral y no como la demolición de un sistema de valores que reclama(ba) una revisión: nada más rentable que los héroes de guerra, los genocidios, en términos morales, para los estados, los pueblos, la religiones, en definitiva, la ideología - y cómo no partir, desde luego, de la estructura más fundamental de la sociedad que ya no es la familia, sino la pareja misma, la mínima estructura de poder concebible, desde la cual se fragua todo: “esta jodida menopaúsica me destroza la vida.”
Peligrosa asunción esta que hace Neil LaBute de que con las dos torres gemelas no solo desapareció una América (y después con Londres y Madrid y Utoya una Europa que se congratulaba de lo bien hechos que estábamos), sino que aquella que resucitó ha desaprovechado una oportunidad maravillosa de convertirse en otra cosa. No se sabe en qué, pero en otra cosa: no en lo mismo.
Ojalá se tratara solo de una pareja desavenida.