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Una tipa se quiere suicidar, y no tiene otra cosa que ir y decírselo a su madre, justo dos horas antes de saltarse la tapa de los sesos. Claro, uno podría pensar que vaya suicida de pacotilla, pero por otra parte si no introduce algún objetivo en la obra, como que el espectador sepa que una tipa se quiere pegar un tiro y lo anuncie, pues sería un poco absurdo: es decir, que ya puestos a ver dos horas de teatro mejor saber que la tipa se va a suicidar que no saber nada, estar dos horas haciendo el paripé en el teatro, que los personajes hagan una vida normal y luego uno se mate. No es apropiado, salvo que te llames Haneke o Pinter.
Total, que la tipa le dice a la madre que le ha preparado unas notas sobre lo que debe hacer cuando se mate, que si la basura la recogen los viernes, que si Juan viene a pintar el porche el sábado, etcétera. Y la madre: que sí, que sí, que te vas a suicidar, hasta que, hostia puta, se da cuenta de que se va a matar, de que va en serio y que no va a poder hacer nada por evitarlo.
Empieza entonces un recuento más o menos escrupuloso de lo que han sido las vidas de estas dos mujeres, y entre detalles sin importancia destaca el más duro: el que ambas mujeres han estado en silencio la mayor parte de sus vidas, y por primera vez lo han roto. Lo contaba uno de los personajes de “Los bosques de Upsala” de Álvaro Colomer: que a un suicida no se le puede dejar en silencio, porque se pone a hablar consigo mismo, con las paredes, con la muerte y es un conversación erótica, agradable y empieza a fantasear con el amor por la muerte y demás.
En este caso uno de los personajes ya ha hablado suficiente con la muerte y ha llegado un trato. Lo que pasa es que el otro personaje no, aunque por edad hubiera sido lo más lógico: y, claro, no lo entiende. Es lo que pasa con la muerte: hables o calles, está ahí.
Y así transcurre la cosa, en lo tarde que se llega a todo, en la mucha miseria que crea el silencio (y los fantasmas que habitan toda la obra, idénticos a los fantasmas que habitan las vidas de tantas casas, de tantos dormitorios siniestros donde se va condensando la muerte en los cristales, en las cortinas, en los muebles). Y al final, (que da igual lo que pase, como decía más arriba), la única que gana siempre es la muerte. Pero, ah, los hombres, tan preocupados en creer que no, que es otra cosa: un malestar, un par de noches sin dormir, una depresión.
Terminó la obra y el público fue secuestrado durante cinco minutos por la representante de una organización benéfica que se dedicaba a mendigar limosna para ayudar a enfermos mentales, acto seguido se personó una ex-presidiaria nos contó lo muy jodida que había estado con el alcohol en la cárcel y luego nos pidió que donásemos algo de dinero a la organización de la caridad, no sé, la cosa era tan bizarra y tan nauseabunda (que un director de teatro, unos actores, un teatro se hubieran puesto de acuerdo para semejante bajeza pedigüeña y que se lo suelten a los espectadores al final de la obra, y no antes, que dé la impresión de que has sido engañado para ello), que me imaginé abriéndome las tripas en un accidente de tráfico en mitad de Londres y a un tipo pidiendo para la investigación del cáncer de colon allí donde mi cadaver había quedado borboteando vísceras y sangre. Y de todas maneras, ¿qué coño tenía que ver? El personaje suicida no tiene ningún problema mental: ¿de qué va esto?
¿Qué otra le quedaría al viandante, si no, que abrir la cartera y sacudirla en el bote con el logotipo de la organización, ante el sórdido espectáculo y, sobre todo, la pesada conciencia vigilada por tantos otros donantes? Pues sí, doné, doné. Ir al teatro se ha convertido en visitar una pesadilla.