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Una tipa, Electra, fue enviada a Francia para ser educada a la manera francesa, es decir, para ser educada a secas. Así que, vuelve a su casa que es la casa de unos tíos con mucha pasta y claro, como es un poco díscola, hay que seguir “educándola”. Hay un tipo que quiere que ingrese como monja y otro que lea a Darwin. La batalla está servida, el espectador ya está KO.
La obra de Galdós, Electra, abre la escena con una conversación así, merece la pena ser leída:
DON URBANO.- No estaba ya en el colegio. Vivía en Hendaya con unos parientes de su madre. Yo nunca fui partidario de traerla a vivir con nosotros; pero Evarista se encariñó hace tiempo con esa idea; su objeto no es otro que tantear el carácter de la chiquilla, ver si podremos obtener de ella una buena mujer, o si nos reserva Dios el oprobio de que herede las mañas de su madre. Ya sabe usted que era prima hermana de mi esposa, y no necesito recordarle los escándalos de Eleuteria, del 80 al 85. MARQUÉS.- Ya, ya. DON URBANO.- Fueron tales, que la familia, dolorida y avergonzada, rompió con ella toda relación. Esta niña, cuyo padre se ignora, se crió junto a su madre hasta los cinco años. Después la llevaron a las Ursulinas de Bayona. Allí, ya fuese por abreviar, ya por embellecer el nombre, dieron en llamarla Electra, que es grande novedad. MARQUÉS.- Perdone usted, novedad no es; a su desdichada madre, Eleuteria Díaz, los íntimos la llamábamos también Electra, no sólo por abreviar, sino porque a su padre, militar muy valiente, desgraciadísimo en su vida conyugal, le pusieron Agamenón.
El restos de la obra tira por esos mismo vericuetos: el progresista contra el conservador, la fe contra la razón, y en este montaje el progre contra el facha. La cosa es que la obra se supone basada en Electra, tragedia griega, es decir, donde muere gente, hay incestos. A su vez Electra tiene dos versiones, la Eurípides, la de Sófocles y decir que esta se parece remotamente (se llamaba Eleuteria pero nosotros la llamamos Electra, como si yo, que me llamo Mugu me da por presentarme como Juan Carlos I de España) es exagerar la realidad.
La obra es un coñazo. Es un coñazo como Galdós y toda su obra, los Episodios Nacionales, Fortunata y Jacinta, todo aquello que no le hace sombra a Zola, a Steinbeck, a Proust… No es un coñazo porque los personajes hablen como hablan arriba sino porque toda es mojigata, meapilas, reaccionaria, servicial, corta de miras. Es tan coñazo que hasta apareció como “obra clásica” junto a Calígula (Camus), la Iliada (que no es una obra de teatro) o El Ávaro (Molière).
En el montaje éste, los personajes hacen un baile de fútbol australiano cuando empieza y hacia la mitad más o menos. Hay videoproyecciones. Luego sacan la bandera de España cada dos por tres, que debe simbolizar algo, algo como que España tiene algo que ver con todo este asunto, pero no queda muy claro. Y al final no muere nadie. Y no hay incesto. Y se casan. Y la gente se levantó y aplaudió a las estrellas de televisión convertidas en actores de teatro. Todo da lo mismo. Odio el teatro.